CABECERA RANDOM

miércoles, 13 de marzo de 2013

SÚPER-RELATOS BREVES: LA CHARLA

LA CHARLA
Por Mario Rodas
(Ilustración de Moisés López)


     – Tome asiento, por favor.
     – ¿Aquí? – preguntó Jonathan Kent, señalando una de las sillas del aula.
     – Sí. No tenemos más por el momento, lo siento.
     – Estas sillas las hacen cada vez más pequeñas, ¿no?
     La profesora rió educadamente.
     – ¿Su esposa está por venir?
     – Sí, ya está en camino. Pero puede comenzar hablando conmigo.
     – Preferiría que estuvieran los dos.
     – No, por favor – contestó Jonathan. Ya de por sí estaba inquieto, y tener que esperar a que llegara Martha sería una tortura –. Quisiera comenzar ya. Cuénteme, ¿cuál es el problema?
     La profesora se sentó frente a Jonathan con un suspiro mal disfrazado. Se notaba que el prospecto de esta conversación la tenía nerviosa. Joven, y recién contratada ese año, según le había contado Martha, Jonathan imaginó que ésta debía ser una de las primeras charlas serias que tenía con algún padre, quizá incluso la primera de todas.
     – Clark... entiendo que recibió su educación preescolar en casa, ¿no?
     – Así es. Nosotros le enseñamos a leer, a contar, a distinguir colores… Y un poco de Historia. Le encanta la Historia. Es un niño muy inteligente, siempre lo ha sido.
     – Sí, señor – concedió la profesora –. Es muy dotado. Incluso ha aprendido ya a sumar y restar con dobles dígitos. Es el primero de la clase en hacerlo.
     – ¿Ah, sí? – preguntó Jonathan, sonriendo sin quererlo.
     – Sí. Hasta trata de ayudarles a aprender a sus compañeros. Han hecho un buen trabajo con él, la señora Kent y usted. Lo que… lo que quisiera preguntarle es, ¿qué les llevó a la decisión de educarlo en casa?
     Jonathan apretó su gorra en sus manos mientras mentía.
     – Teníamos una idea muy fija del tipo de educación que queríamos para él. Queríamos… queríamos prepararlo bien para la primaria.
     – Ya. Y durante ese periodo, ¿convivió mucho con otros niños?
     – Ha sido amigo de Pete Ross durante un buen tiempo. Lo tenemos en casa a menudo.
     – Sí, también aquí son muy unidos. ¿Pero más niños? ¿Alguna vez ha mostrado problemas para compartir, o de… de agresividad?
     – Señorita Ward, ¿pasó algo hoy?
     – Johnny McDonald trajo hoy autos de juguete, de esos pequeñitos de bolsillo. Al final del día ambos estaban rotos, y según Johnny, fue Clark quien los rompió.
     Jonathan tragó saliva.
     – Oh. Eso es extraño.
     – Los niños estaban haciéndolos estrellarse uno con otro, aquí en el pasillo, por turnos. Cuando yo pasé, no parecía haber ningún problema…
     – Talvez jugaron demasiado bruscamente. Esas cosas pasan, ¿no?
     – Eran… eran de metal. De buena fabricación, bien duros. Y cuando Johnny me los mostró, estaban despedazados. Como si les hubieran machacado con una piedra, o algo. El metal estaba doblado, las piecitas quedaron esparcidas por todo lado... Es imposible que quedaran así sólo por el juego.
     Jonathan recordó ver unas rueditas y pedazos de aluminio en el pasillo afuera del aula cuando llegó.
     – Disculpe, señorita Ward, ¿pero habló usted con Clark? ¿Qué le dijo él? 
     – No llegué a hablar con él, porque se fue antes de que pudiera. Se fue apenas sonó la campana, como asustado. Pero Johnny y otros niños me aseguraron que fue él. No dijeron cómo, pero…
     – Mire, talvez los pisaron sin querer. Yo puedo hablar con el papá de Johnny. Le vendo heno. Le puedo pagar los autos sin problema. ¿Es por un par de juguetes rotos que me dice que mi hijo tiene problemas de agresividad?
     – Señor Kent, eso no es todo. Hace un par de semanas hubo un incidente que yo… yo no reporté, porque no quise causar revuelo. Pero en clase de deportes, los chicos estaban jugando béisbol, y Clark insistió en no jugar. Luego los chicos se comenzaron a burlar de él, y él por fin accedió y lo metieron de lanzador. Parecía que se la estaban pasando bien, pero luego de un rato oímos un grito y fuimos al campo. Al receptor, la máscara protectora se le había hundido por un golpe. Hasta tenía cortado el labio. Los chicos dijeron que Clark le había dado con la pelota, pero yo… no sé, algunas profesoras y yo creímos que más bien parecía hecho con el bate…
     – No fue hecho con el bate. Clark jamás golpearía a alguien con un bate en la cara.
     – Mire, yo…
     – ¿Qué es lo que me está queriendo decir, señorita Ward? ¿Qué sugiere que haga, qué sugiere para Clark?
     – Quisiera que lo trajera para hablar con alguien.
     – ¿Hablar con alguien?
     La señorita Ward se hizo hacia adelante en su pequeña silla, armándose de valor para decir de una vez todo lo que debía.
     – Clark también demuestra por veces comportamiento extraño. Dice que oye voces cerca suyo cuando nadie dice nada… se queda de repente mirando un punto fijo, asustado, y luego se tapa los ojos… me parece que está ejerciendo algún tipo de llamado de atención. No es un comportamiento común. Yo creo que sería una buena idea...
     – No…
     – … que se viera con un profesional. Tenemos uno excelente aquí en la escuela, o incluso hay algunos que le puedo recomendar yo…
     – ¡NO! – Jonathan se levantó –. No. Lo siento, yo…
     Se puso la gorra y respiró profundo, determinado a controlarse.
     – Mire, yo le agradezco su preocupación. Se la agradezco mucho, de verdad. Pero esas ideas que tiene sobre mi hijo… olvídelas. Todo lo que está diciendo de él… sobre todo eso, está equivocada. Profundamente. Yo le prometo que voy a hablar con él. Yo y Martha nos ocuparemos de esto, se lo aseguro. Esto no se va a volver a repetir. Quédese sabiendo eso. ¿De acuerdo? Me despido.
     Era evidente que la había dejado sin palabras. La señorita Ward asintió con la cabeza, mirando hacia el suelo.
     – Yo sé que es un buen chico.
     – Sí que lo es.
     Jonathan se forzó a sonreír, se despidió con un tilt de su gorra y salió. En el pasillo se encontró con Martha, que llegaba a toda prisa.
     – Te espero en la camioneta – le dijo al paso.
     Afuera, apoyado contra la camioneta de brazos cruzados, Jonathan esperó mientras Martha resolvía lo que sea que tuviera que resolver con la profesora. No se demoró.
     En el camino a casa, con Martha conduciendo, Jonathan iba mirando los campos bañados por el sol naranja del atardecer.
     – ¿Hablaste con él? – le preguntó a su mujer.
     – Sí.
     – ¿Cómo está?   
     – Asustado. Dijo que no quería jugar, pero que ellos insistieron. Es difícil para él… negarse.
     – Debe serlo. Sólo es un niño de seis años jugando un poco, no tiene por qué ser tan… complicado – Jonathan suspiró –. Hay que conversar otra vez con él sobre situaciones en las que tenga que usar fuerza.
     – Al parecer, lo de ver a través de las cosas también se le sale de control de vez en cuando. Estaba pensando darle gafas con algún tipo de revestimiento de plomo en los lentes, tal vez plomo triturado en polvo, o algo así – Martha se masajeó la frente tristemente –. Después de tanto tiempo en casa, enseñándole a controlarse… creíamos que estaba listo…
     “Hasta trata de ayudarles a aprender a sus compañeros…” La imagen se formó en la mente de Jonathan con la máxima facilidad: el pequeño Clark sentado al lado de un compañero de clase, indicándole en su cuaderno cómo sumar y restar con dos dígitos. Paciente. Generoso. Bien dispuesto.
     – Y está listo – declaró Jonathan –. Más listo que ahora no lo va a estar nunca. Un niño como él no debería sentirse mal consigo mismo. No debería vivir con miedo. Un niño tan brillante como él, tan… tan…
     Aún sin verla, él sabía que escucharlo hablar así la hacía sonreír.
     – Si alguien entiende lo que tiene que hacer, es él. Si alguien puede, es él. Estas cosas van a seguir pasando, Martha. No va a dejar de ser difícil. Pero si hay alguien que puede aguantárselo… es Clark.
     Era algo que había dicho muchas veces antes, pero nunca creyéndoselo tanto como hoy.
     – ¿Le llevamos helado? – preguntó Martha.
     – Sí. Buena idea – dijo Jonathan –. Una tarrina de chocolate, y otra de… ¿pistacho?
     – Pero es para él, Jonathan, no para ti.
     – Meh. Okey, okey –. Y hablando hacia la ventana, agregó – Él siempre me regala un poco.

FIN

10 comentarios:

  1. Que curioso a Clark tambien le gustaba la Historia, al igual que yo.

    Samuel Leal.

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  2. Te felicito Mario, muy lindo relato. Me encantan los Kents.

    Lore

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    1. Muchas gracias! Que sorpresa verlo publicado hoy.

      El dibujo está INCREÍBLE. Es apenas la 2da vez que alguien dibuja algo que yo escribo, se siente genial. Pa ti, Moisés López:

      http://media.tumblr.com/tumblr_lfvdpvOV4S1qcu1hm.gif

      Nemeres

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  3. Me gusta tu relato Mario. Javi:
    si alguna vez escribo un relato
    se podrá leer
    con la agilidad de quien se refugia
    en lo más hondo de su propia culpa
    a espiar con el rabillo del ojo si hay moros en la costa
    y hacer de nuevo
    lo que no se debe, lo que no se puede.
    Si algún día escribo una relato
    seré yo misma quien le ponga un veto
    seré yo misma quien lo queme
    como a tantos otros.
    Mi relato sería un antirelato
    empezaría en el fin,
    terminaría con un inicio
    y el nudo sería tan absurdo como un número telefónico olvidado.
    No diría de los personajes más que aquello que le importa a la historia
    y no tendría una narración diferente de aquella para la cual pudieron existir tales personajes
    si alguna ves escribo un relato...

    Por Karen.

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  4. Habemus Papam...Y es Argentino...Saludos a los Argentinos...Y a los Uruguayos que quieren inundar Argentina con ellos dentro, como mi compañero de trabajo...no, es broma...
    Respecto al relato, genial...muy inspirado en los trailers de MOS y muy bien desarrollado...Un 10...

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  5. Por fin nos pusieron UNA BUENA HISTORIA, que me dio gusto leer tanto que pense que estaba viendo la película MOS, el autor debe haber trabajado con el guion de Nolan. Muy buena amigo Mario.
    CZ.

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  6. Que bonita historia desde luego bien podría ser una parte de la película ;).

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  7. ME HA ENCANTADO ! Parece una precuela de Smallville !

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    1. Bueno, sí. Hay versiones en las que los poderes no se le manifiestan hasta la adolescencia, otras en que comienza desde muy niño. A mí me encanta la idea de que criar a este niño debió ser un mega desafío, y peor aún, no había ni casos previos que les sirviera a los Kent de ejemplo, así que ellos eran completos pioneros.

      Gracias por leer, gente!

      Nemeres

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  8. Me ha gustado mucho la historia!!
    Una de las mejores secciones junto con las noticias breves.
    Silvio.
    Argentina.

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